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Plan Be

El pasado 23 de diciembre un agente de la aduana, con grueso bigote sin recortar, hizo su acto de aparición en mi vida y me negó el permiso para abordar el avión hacia Delhi.

“No hay espacio en su pasaporte para sellarlo. Necesita uno nuevo”, concluyó después de hacer una revisión exhaustiva en mis documentos. Yo ya no sabía si llorar, reír, gritar, correr o, simplemente, resignarme. Sólo me lamenté un poco y me dije “a lo que sigue”. Parecía una mala broma, pero, por otro lado, es lo que había, y por ahí existía una situación que resolver que llevaba arrastrando desde hacía unas semanas. Así que, a pesar de la frustración y el coraje, confié y dejé que todo fluyera hasta encontrar su cauce.

No teníamos hotel en Fráncfort, ni nada que hacer ahí, así que junto con mis hijos, y con todo nuestro maleterío, decidí volver a París, donde había vivido algunos de mis mejores años, para pasar la Navidad mientras lograba resolver el asunto del pasaporte, algo que, sobre todo considerando las fechas, requeriría de toda mi entrega y acción. Los niños se emocionaron, porque una Navidad en París significaba nieve y una vista preciosa hacia la Torre Eiffel, que rasgaba el velo de la noche con sus trescientos metros de hierro iluminado. No todo era negativo ni pesar, había un halo de gozo y, especialmente, la actitud. El que hubiéramos conseguido habitación de hotel ya era una buena señal.

Cena de Navidad en el lobby del hotel. Al otro lado del ventanal los parisinos, siempre intachables en su atuendo, nos miraban con curiosidad mientras nosotros repartíamos cartas y regalos para cada uno. Fue una cena extraordinaria, inesperada, uno de esos rituales espontáneos que llevas a todos lados y que te hacen sentir bien a donde quiera que vayas.

A primera hora del día siguiente llegué a la embajada de la India para dejar mi pasaporte con la esperanza de que el trámite fuese rápido, un par de días a lo mucho. Mi familia ya estaba en Delhi, esperándonos a los niños y a mí. Todas las mañanas nos alistábamos para salir del hotel con la montaña de equipaje, listos, según nosotros, para abordar el avión que nos llevaría a la mística tierra de los Upanishad. Todos los días la misma historia, ir del hotel a la embajada con nuestro equipaje, esperar a veces hasta tres horas para que el mismo funcionario que había recibido mi solicitud me dijera que mi pasaporte aún no estaba listo. Y así al día siguiente. Vivíamos como en un bucle, entre la desesperación y el humor, la resignación y la confianza.

“Vuelva mañana por favor”, decía aquel hombre con marcado acento de la India, sin el menor empacho en que yo y los niños hubiésemos perdido medio día en las oficinas de la embajada. Y de nuevo a cargar las maletas con rumbo al hotel donde por fortuna cada día encontramos un cuarto disponible en plena temporada vacacional, sólo para pasar, quizás, una noche más. Los niños comenzaron a resentir esta rutina extenuante. Los noté cansados, aburridos, hartos de las horas de espera infructuosa.

Día tras día me formaba en la misma fila, bajo el letrero de trámites. El funcionario de siempre me atendía. Hoy apenas recuerdo su rostro, pero por aquel entonces todo el día pensaba en su cara, llena de frustración de no poder alcanzar a los demás en Delhi. Este señor hablaba a gritos con sus subalternos, a veces lo hacía en su lengua materna y otras en inglés. Una señora, cuya presencia no noté al principio, se formaba frente a mí todas las mañanas. No sé en qué momento me di cuenta de que usaba el mismo vestido diariamente.

Quería que aquello fuera una simple pesadilla, eso deseaba, pero no, era la realidad, una parte de toda la realidad. En el fondo me sentía tranquila, sabedora de que no tenemos siempre (o nunca) el control. A pesar del estrés, del seguimiento y de todo el tiempo y energía invertida en arreglar el contratiempo de la visa, al final estaba en paz, pues me encontré haciendo absolutamente todo y más de lo que estaba en mis manos.

Después de esperar en la fila alrededor de media hora, a veces un poco más, por fin me hacían pasar a otra sala, en la que me sentaba, irremediablemente, en la misma silla de siempre alrededor de dos horas y media, hojeando folletos, mirando el techo, el mostrador, a mis hijos, los mensajes de mi familia que no paraban de preguntarnos cómo iba todo.

“Vuelva mañana, por favor”, me repetía el funcionario gritón.

Mi viaje se volvió una lenta y abrumadora repetición, un loop. Mi cuerpo comenzó a resentir la rutina. Dejé de percibir el movimiento. Los días pasaban idénticos, uno tras otro, cada vez más lejos del viaje a la India, como si el tiempo anduviera en reversa, como si esta fuerza, esta especie de lastre invisible, se hubiese apoderado de mí y de mis hijos. Como si por alguna razón que yo ignoraba, la vida me hiciera repetir todos los días la misma experiencia, en aras de iluminar mi entendimiento para que descubriera aquello que me tenía anclada a París.

Llegó un momento en el que me pregunté, ¿qué pasaría si este fuera el objetivo de mis vacaciones? ¿Qué pasaría si se tratara de un viaje que nunca comienza? Llegué a pensar que algo dentro de mí, algo que había dejado inconcluso, se estaba reflejando en el mundo exterior. No estoy diciendo que se tratara de una fantasía, para nada. El hecho era tan real como la Torre Eiffel. Comencé a sospechar que quizá había algo en mi mundo interior que me había conducido hacia esta repetición. Necesitaba resolver todas las cosas pendientes en mi vida, de las cuales yo, y sólo yo, era responsable. Y mientras me daba cuenta de ello, al mismo tiempo quería llorar y, dos segundos después, mandar a todos los de la embajada al diablo.

Mis vacaciones se convirtieron en una metáfora de la repetición. ¿Qué tal que la vida era eso, una repetición, una fila interminable y una silla en la que esperas perpetuamente a que algo ocurra? Hubo un momento, no recuerdo qué día con precisión, en el que la fila de la embajada se llenó de personas que hablaban todos los idiomas del mundo. Creí que estaba soñando despierta con la torre de Babel convertida en una especie de burocracia internacional de la que ninguno obtendría lo que necesitábamos. Me pregunté de qué manera estaba participando yo en esa estúpida burocracia en la que no había movimiento. Me dediqué a reflexionar, en mis largas horas de espera, sobre la parte de mi vida en la que yo estaba haciendo burocracia, fingiendo que hacía y no hacía las cosas en realidad.

En medio de la desesperación, me comprometí a sacar adelante todo lo que tenía pendiente, todo lo que yo misma había dejado en la inmovilidad, atorado en mi larga fila de burocracia. Me ocuparía, en cuanto volviera a casa, de solventar situaciones que había dejado en el atolladero, comenzando por mi situación migratoria en Estados Unidos.

Finalmente tomé la determinación de volver a México con mis hijos. Veinte días después de que dejé mi pasaporte en la embajada, lo solicité de vuelta. Cuando por fin llegué a la ventanilla donde supuestamente podría retirar mis documentos, el funcionario gritón me dijo:

“Lo siento, pero se perdió su pasaporte”.

Quedé fulminada de pie, como si un rayo me hubiese golpeado. Si hubiera esperado otros veinte días, esperanzada en que la embajada resolvería mi problema, no habría servido de nada. Nunca haríamos el dichoso viaje a la India.

Regresé a México sin documentos, con una carta del consulado que decía que yo era yo, para que me dejaran entrar. Emilio tuvo que recoger a los niños. Cuando estaba esperando en la aduana del aeropuerto para que me dejaran acceder al país, tuve esa misma sensación de inmovilidad a la que me había acostumbrado en la embajada de la India. Llevaba un rato sentada en una silla de plástico muy incómoda, cuando un agente de la aduana se aproximó a mí, sosteniendo mi carta en la mano, me miró como tratando de averiguar si yo ocultaba algo, y me dijo:

“Puede salir por aquella puerta”.

El viaje que nunca comienza, por fin había terminado.