Comprensión

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Mis expectativas

Abrazar a mi padre en continuidad con mi ser y mis hijos. Integrarlo a nuestra dinámica familiar, con más generosidad que nunca.

Mi realidad

Descubrir que mi padre es un hombre obstinado, con su propia narrativa. Tener que aprender a comprenderlo, amarlo y protegerlo hasta donde me es humanamente posible, pero dándole todo mi amor.

Plan Be

Nací en México, por si acaso hace falta decirlo; México es un país verdaderamente bendecido por donde uno lo vea, muy especialmente por su gente. Los mexicanos somos toda emoción y a todo volumen. En mi experiencia tenemos tan despierto el ánimo, somos amor y fiesta y abrazos y risas tanto como somos problemas y dramas y peleas y caos. México siempre ha sido el contexto más divertido y el más complejo, una cultura con dinámicas muy arraigadas de todo tipo de definiciones, de lo que significa todo, inclusive uno mismo. Más allá de lo que me enseñaron, lo que yo aprendí (libero con esto a todos mis maestros y mayores de toda responsabilidad y me disculpo por cualquier comentario que parezca juicio), fue que la mujer depende de la fortaleza del hombre. Sin hombre no hay seguridad, más aún, no hay posibilidad de nada. Yo no crecí muy cercana a mi padre y bajo estas definiciones claramente me encontraba de entrada en una profunda desventaja por la que habría que compensar para poder sobrevivir. Si estaba mi papá nos paseaba y teníamos épicas aventuras cada vez que lo veíamos; dejó huella en mi conciencia, para bien y para mal. Mi padre es un hombre simpático, sabio, grande e inolvidable.

Como lo veía muy poco, sentía que tenía que compensar por algo que había hecho mal, como si yo fuera la culpable. Esto es algo que nos suele pasar de niños, y que de adultos no necesariamente se nos quita. A temprana edad me consideré “damaged good”, rota, incompleta y por lo tanto generé una lista larga de mecanismos de afrontamiento, me tomó muchas vivencias, amor, dolor y sobre todo humildad para empezar a comprender, perdonar, integrar, e inclusive actualizar mi propia historia.

Cuando estaba en su presencia, me sentía protegida. Recuerdo que las veces que llegó a cargarme en hombros, que fueron más bien pocas, me sentía querida y poderosa, bienvenida en el planeta; nada ni nadie podía alcanzarme, mucho menos hacerme daño. Mi padre era el mástil de un barco; sus brazos y piernas tan fuertes como la tormenta. Sus hombros me contagiaron de la firmeza y seguridad que nacían en algún lugar oscuro y misterioso, en lo profundo de su pecho. Incluso imaginaba que él era un ser poderoso, si así lo quisiera podría provocar un terremoto, por eso procuraba no enfadarlo, para protegerlo y a todos los que lo rodeábamos, de su propia furia. Y así habían días que imaginaba e imaginaba que estaba ahí, demostrándole a todos, que se encontraba para protegerme.

Hace un par de años le amputaron una pierna a mi papá; no presumo saber porqué pero sí me queda clara la trayectoria de hábitos autodestructivos. Ahora se mueve en silla de ruedas. Esta es una profunda experiencia de vida: dejar ir un poco del cuerpo, así como en cámara lenta, de partes de uno mismo que dejan de vivir; ni cómo explicarlo habiendo sido testigo del proceso, ese olor tan peculiar de lo que fue y ya no es, que poderosa metáfora.

Después de un tiempo, con mi papá en la silla de ruedas, me encontré sola con mis hijos teniendo que transportarlo de un segundo piso a la planta baja sin escaleras eléctricas, sin elevador.

Durante este lapso, no sentí que mi padre pesara. En realidad, mi cuerpo y mi voluntad estaban fuertes, me sentí llena de vida, como si pudiera sostener no sólo a mi padre, sino a mis hijos al mismo tiempo. Estaba en el corazón de la vida, llena de ímpetu, de gratitud, de una fuerza no física, sino algo especialmente estable y certero que me llenaba por completo. Sentí que tenía la capacidad de servirle a los seres que más amo en la vida, nunca tuve la menor duda de que lo llevaría con bien y ese fue un sentimiento realmente engrandecedor, me sentía gigante dentro de mí, como un oso, como el oso que imaginaba en mi padre, me tocaba no sólo imaginar, sino realmente ser esa fuerza de amor, en harmonía y protegida en todos aspectos por mí misma.

Mi corazón latía de júbilo y agradecimiento hacia la vida, una vez más fue posible darle la vuelta a las cosas gracias al poder de la espontaneidad y de la entrega al aquí y ahora, gracias a la voluntad y a nuestra pequeña colectividad.

Mi papá no quiere a las mujeres, no las quiere nada, a veces son en broma sus comentarios, toda su aproximación a la mujer; por otro lado, yo soy mujer, soy lo que más quiere, me adora, y para los dos ha sido muy complejo crear una relación sustentable y lo suficientemente amplia para aceptar quien yo soy en todas mis expresiones y cómo es él. Para él la vida no parece fácil, mi papá ríe como nadie y sufre así, igual, como nadie, dice cosas brillantes y bebe, bebe y bebe. Esto último ha sido un gran desafío para mí. De alguna manera relacioné el alcohol con la vergüenza, culpa y dolor, de no sé ni qué. Siempre hay pretextos buenos para encontrar donde acomodar tales emociones y como siempre vi a mi papá tomar, más bien melancólico y triste, me he dado cuenta de que aun si estoy contenta, al tomar, algo de mi se relaciona con mi papá, en todas sus fases y de pronto, de un momento a otro, me encuentro con un dolor profundo e inexplicable, como si hubiera hecho algo terrible, aún peor, como si yo fuera algo terrible.

Lo mío no era la frecuencia y me atrevo a decir que tampoco la cantidad, aún si tomaba solo en eventos sociales, una de cada tres veces me pasaba un poco. El problema es más bien ese sedimento de juicio, una disfuncionalidad de haber hecho vínculos entre comportamientos y contextos dolorosos. En fin, ya a mis 43, y trabajando en mi trabajo, viviendo mi vida, me pareció totalmente fuera de lugar, que quede muy claro, no el tomar, amo el vino tinto, me pareció desalineado ese sedimento de culpa y vergüenza, así que decidí dejar de tomar el vinito de la cena, los tequilas y mezcales de la fiesta, ni modo. Muy inspirada en darle el mejor contexto posible a mis hijos, me motiva el amarme profundamente y sanar todo lo que me duele y que entre fiesta y fiesta me distrae de trabajar a profundidad, temas que se quedan en el “to love list”, “to forgive list”, “to integrate list”.

Frases celebres de mi papa: “no te comas todo lo que te ofrezcan, ni te creas todo lo que te dicen”, “cuando te toca aunque te quites y cuando no te toca, aunque te pongas”, “la mujer siempre escoge y tiene dos opciones ser la mamá o ser la puta”. Esta última me ha tenido muy ocupada, ya soy mamá, ¿acaso ya no puedo ser la puta? Ojala fuera una broma para mí, la verdad ha sido duro, porque amo a mi papá, y al mismo tiempo estas cosas son muy difíciles de acomodar en mi conciencia.

Mi papá siempre fue un hombre físicamente grande, lo mantuve así en mi mente conforme yo crecía, porque de esta forma se podía defender de las estocadas diarias de la vida, nada le pasaría a ese hombre poderoso, resistente a pesar de las adversidades en las que él mismo se colocaba. Con el tiempo sus elecciones le ocasionaron consecuencias que vulneraron su cuerpo. Comenzó a padecer enfermedades y malestares que antes ni siquiera hubiera imaginado. Llegó un punto en el que sentí que no había forma de que yo pudiera influir en su vida, me sentí culpable, otra vez, porque no lograba motivarlo a participar en el mundo de una manera distinta, sustentable, que dejara de tomar, que fuera más pacífico con él mismo y la gente que lo rodeaba. Cuando veía a mi padre lo veía fuera de sí, sin armonía, colérico.

Con el paso de los años me di cuenta de que lo único que podía hacer era amarlo, respetarlo y honrarlo. Para ese entonces yo ya era madre, creo que eso me ayudó a entenderlo de una manera distinta. Lidiaba con la necesidad de educar a mis hijos para proveerlos de salud mental, emocional y física, en presencia de mi padre. Me esforzaba hasta el límite para generar un vínculo de gratitud entre él y mis hijos, sin tener que sacrificar la integridad de éstos y sin tratar de controlar las decisiones y la vida de mi papá, de mi enorme oso. Hubo un momento en el que le dije que tenía que poner un alto a las conductas y hábitos que socavaron su salud —temiendo que le harían lo mismo a nuestra relación y que podrían influir en mis hijos—, para que participara en nuestras vidas de una manera más generosa.

Durante un tiempo hizo lo posible por cambiar de hábitos, verdaderamente es un gran hombre lleno de magia, inspirador y poderoso. Pero es difícil mantenerse en el camino cuando no tenemos claridad de adónde nos dirigimos y dudo que mi papá conozca que hay mucho más que los caminos que él ha transitado. Volvió pronto a sus viejos hábitos y pensé que yo no había hecho lo suficiente para convencerlo, le había fallado, me dio tan profunda tristeza y dolor, y sin embargo, de pronto noté que no se trataba de mí, que esto era un desafío de mi padre y que no era posible para él elegirme y que nada tenía que ver mi persona ni el amor que siente por mí, con sus elecciones y como resultado de su vida. Pero un día de esos en que amaneces con lucidez, entendí que, o perdía a mi padre, o aprendía a respetar su postura, sabiendo que, a final de cuentas, era un hombre responsable de sí mismo y que yo no podía hacer nada más para cambiarlo. Por la que puedo hacer algo y TODO es por mi y con ello estar a tiempo de hacerlo por mis hijos. Miré dentro de mí: las emociones y pensamientos se agitaban al unísono, como un remolino, en torno a su figura; tuve que aprender a vivir con ellas, tratando de alinearme con el presente. Y simultáneamente tenía que guiar a mis hijos, enseñarles a perdonar, a mejorar como seres humanos, protegerlos y mostrarles el camino hacia una humanidad más intensa, vigorosa.