Así descubrí mi alma

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Creo que es posible ser más de lo que nos han acostumbrado a ser. Sólo basta contemplarse interiormente para aterrizar los pies en nuestra poderosa realidad. Es entonces cuando podemos lidiar con cualquier problema.

Me encantaría ser más paciente con las personas que me rodean. Sobre todo, con las que amo. A veces puedo ser muy impaciente, me gusta avanzar rápido. Debe ser porque soy una mujer voluntariosa, lo cual no veo necesariamente como un defecto, pues de pronto tiene sus ventajas llevar la voluntad al extremo, cuando ciertas situaciones lo ameritan. Si sonrío al admitirlo es porque después de tantas pruebas que me ha puesto la vida, a mis 42 años, me siento confiada de que puedo salir adelante en cualquier circunstancia gracias a esa tenacidad.

Cuando era chiquita me veía al espejo, me sentía atraída al otro lado, al reflejo, a lo que veía y, de cierto modo, me parecía ser algo ajeno. Miraba mis brazos, mis piernas, mis propios ojos, y pensaba que tenía que haber algo más. Yo sentía, y en el fondo de mi ser sabía, que había algo más allá de lo que veía. Así descubrí mi alma.

Mi alma conecta con lo mejor de mí y del mundo, es mi puente al universo. Ahora lo sé, pero por muchos años me torturó la idea de que sólo fuéramos carne y huesos. Quién sabe con cuántas personas discutí cuando era joven sobre el alma y de qué manera nos relaciona con el mundo. Siempre he sido muy sensible a lo que ocurre a mi alrededor, tal vez por eso me impactaba tanto verme frente al espejo. Ahora que lo pienso, era mi manera de conocerme a mí misma.

Mi sentido del humor ha mejorado con los años y me impacta cuando me doy cuenta de que, quizás la mayoría de las personas, por más tiempo que hayan vivido, nunca logran mejorar su humor. No me da pena decirlo: yo me río de tantas cosas que a veces parece que tomo todo a broma y es entonces cuando me invade una certeza que a pocos me he atrevido a compartir: mi risa es mi milagro.

Por supuesto que a veces —de hecho, muchas— cuesta trabajo, pues uno no

está para ponerle una buena cara a la vida en todo instante. A los que nos gusta reír, también nos dan nuestros malos ratos. Yo procuro decirles a mis hijos que disfruten la vida, y constantemente les repito que amar es lo más importante que les puede pasar. No sólo se los digo, trato de demostrárselos, a veces conscientemente, aunque la mayoría de forma espontánea. Ellos, seguramente, se dan cuenta, lo sienten cuando bromeamos, cuando los abrazo y respiro pegada a su humanidad. Y, otra vez, si algo me pone feliz, es que rían, porque la risa es una catarsis, una manera de ser libres.

Es curioso como esa sensación que aparecía en mí cuando me contemplaba en el espejo, muda, ahora regresa a mí cada vez que me reflejo en ellos, cada vez que me descubro en sus reacciones, en sus gestos, sus palabras, en el parecido. En esos momentos es cuando les digo cuánto los amo.

Cuando por las noches tomo un respiro antes de dormir, ocurre que me concentro en mí misma, es otro camino para llegar a mi alma; me siento libre sin haber salido de mi cuerpo. Es una especie de vuelo, como si estuviera hecha de algo ligero. En esos momentos es cuando más disfruto el silencio, me vuelvo consciente de mi respiración, es como si todo mi cuerpo supiera que está aquí, presente, en la vida. Es una sensación tan poderosa que a veces me olvido del resto de las cosas.

Creo que, si no fuera por mis hijos, viviría más tiempo sumergida en todo este universo interno, en silencio, sí, en ese vuelo que no quisiera terminar. Pero ellos me devuelven a la realidad, y me gusta volver a poner los pies en la tierra, regresar al aquí y ahora. Y sí, en buena parte se lo debo a mi familia, ellos me aterrizan. Al ser madre, y también al compartir la vida en pareja, he aprendido a trabajar en equipo, a ser solidaria y, sobre todo, a tener fe. Quizá esto último, la fe, contraste con el temor que a veces uno puede sentir por el simple hecho de saberse vivo.

Me gustaría tener el control de lo que me rodea, de las sorpresas que nos depara la vida. Pero la verdad de las cosas es que la vida nos toma por sorpresa. Por eso trato de estar preparada, abierta a cualquier circunstancia para darle la vuelta. Me gusta pensar que, ante una situación inesperada, hay que abrir todas las puertas de la posibilidad. Hay que saber improvisar, sobre todo cuando tienes hijos.

A veces sólo hay que tener fe en que todo va a estar bien, como aquella vez que perdí mi anillo favorito. Me sentía triste, enojada, frustrada y hasta culpable por haberlo dejado no sé dónde, traté de encontrarlo, lo busqué por todas partes, pero estaba irremediablemente perdido. Tres días después, cuando no tenía esperanza de recuperarlo, apareció en un post de Facebook y me lo regresó la persona que se lo encontró.

Si tan sólo la vida fuera como un anillo.


Español, PerfilesClaudia Flores