Hacer el bien no es tarea fácil

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Hacer el bien no es tarea fácil. Aprender a saludar al ser bueno que hay en cada persona es más trabajoso que juzgar. Cualquiera emite juicios a diestra y siniestra, a la primera oportunidad. Por el contrario, respetar al prójimo, nos permite descubrirlo.

No siempre pensé así. El camino hacia la comprensión ha sido largo y accidentado. Aceptar que la vida cambia permanentemente, y que para permanecer en ella hay que aprender a improvisar, ha sido una de mis mayores lecciones. Toma tiempo. Sí. Y mucho esfuerzo.

La primera vez que tuve que dar un golpe de timón fue a los veintitrés años, cuando mamá sufrió un derrame cerebral. Mi hermana estaba en la preparatoria y mi hermano a pocos meses de irse a estudiar una maestría a los Estados Unidos. Sinceramente fueron los días más oscuros y angustiantes de mi juventud. El horror inmediato de saber a mi madre en peligro, en el quirófano, era suficiente para ponerme de rodillas. Mi primera reacción fue rezar, con todo mi empeño, como si mi propia vida dependiera de las plegarias.

Los días pasaban, lentos, como una tarde que poco a poco se hunde en la oscuridad. Mamá estuvo un mes en terapia intensiva. A pesar de que la cirugía había resultado exitosa, todavía no estaba fuera de peligro. Tratándose del cerebro, el motor de nuestros pensamientos y de los impulsos que nos permiten movernos, hay que esperar mucho tiempo para poder asegurar que todo marcha bien. El cirujano se mostró muy reservado en cuanto a pronósticos. Una sombra pesada parecía envolver la casa, como si el ala de un cuervo hubiese opacado el sol sobre nuestras cabezas. La ausencia de mamá se pronunciaba día tras día. Nada parecía funcionar, la vida estaba descompuesta, paralizada, y, en ese momento, decidí que tenía que hacer algo.

Me volví consciente de mi responsabilidad hacia mi hermana, mi hermano y mi papá. Comencé a apoyarlos como podía en las labores del hogar. Hay situaciones que transforman nuestras vidas de familia, y esta era una de esas. Qué desesperación sentí cuando me di cuenta de mi inutilidad en los aspectos prácticos del día a día: organizar un hogar, comprar el detergente correcto, el limpiador de baños, mantener en orden y armonía la cocina, la sala, los cuartos, la despensa, los cajones de los calcetines… la lista era inagotable y abrumadora, pero yo sabía que no era nada en comparación con el esfuerzo que hacía mamá en esa cama de hospital por mantenerse aferrada a esta vida, para sanar y volver con nosotros.

En retrospectiva, me doy cuenta de que esa época aciaga fue una prueba para cada uno de los integrantes de la familia. En mi caso, emergí más fuerte, con un sentido de la responsabilidad y un amor templados. Fue mi ritual de iniciación como mujer.

Hoy me veo a mí misma como una mujer perseverante. Me apasionan las cosas que hago, mi familia, mis sobrinos, mi trabajo como directora de recursos humanos, donde debo cuidar tanto de colaboradores como de la empresa, porque, así como en casa, en la oficina también acabamos siendo todos uno solo.

Me gusta sentirme bien, y una manera de conseguirlo es atendiendo mi cuerpo, siempre tratando de no caer en la frivolidad. Hago ejercicio en el gimnasio y estoy consciente de mi apariencia. Creo que mis piernas son el signo de mi fortaleza física, son lo que más me gusta de mí.

Espiritualmente vivo bajo la escala de valores que me inculcaron desde niña. Trato de actuar de manera tal que si viera a Dios a los ojos no me sentiría avergonzada de mis actos. Rezo a diario por mi bienestar y el de mi familia, y eso me da paz, me gusta sentirme así y pedir que quienes quiero también vivan en calma, y que cuando atravesemos por problemas, eso, que los atravesemos ilesos.

Estoy muy lejos de ser una mujer perfecta. Dudo que en el mundo alguien lo sea. Soy intolerante, me desespero, sobre todo cuando pierdo el control de las cosas, y, aunque no me gusta admitirlo, me enojo y me pongo triste con facilidad. Cuando esto ocurre, mi cuerpo me lo reprocha: el estómago me duele y siento como si la tristeza o el enojo crecieran físicamente dentro de mí. Es una experiencia muy incómoda con la que he tenido que aprender a vivir, pero, al final, son señales para volver a encontrar esa paz que, como ya decía, es vital en mi vida.

Sé que soy un ser humano, limitado, mortal, pero al mismo tiempo este ser finito convive con una parte mágica, capaz de todo. Descubrí esta dicotomía cuando mamá se enfermó. Desde entonces he pensado mucho al respecto, lo hago sobre todo por las noches, después de mi rutina de ejercicio. Cuando voy a la cama hago un trabajo de reflexión para deshacerme de lo que podría lastimarme. Acepto mis limitaciones, me consiento y celebro mis logros personales y laborales; antes era muy dura conmigo misma, me juzgaba lapidariamente e incluso me castigaba. Ahora he encontrado ese lugar de paz en la oración, la reflexión y los actos buenos.

Mis sobrinos han sido parte de este largo camino hacia la comprensión de mi humanidad, me aterrizan y en muchos aspectos son mis grandes maestros. He aprendido de su capacidad para crear, imaginar y jugar. Cuando las cosas no han salido bien, cuando la vida parece dilatarse en una sucesión de fallos y malentendidos, jugar con ellos no sólo resulta una inyección de energía y creatividad; muchas veces he logrado resolver problemas que atañen al ámbito laboral por el simple hecho de sentarme en el pasto y contemplar desenfadada lo que mis sobrinos aprecian de la vida. Es una tarea voltear a ver a los niños para aprender de ellos y de todo lo que no saben, de su sabia inocencia, de todo lo que no se han dado cuenta.

A mis cuarenta y un años me he vuelto una improvisadora, me gusta verme a mí misma como una mujer que sabe surfear sobre las olas de la existencia. Acepto el cambio como una constante. Me gusta pensar que la vida es como el juego de los encantados. Hay personas con el poder de encantarte, con fines bondadosos, pero también hay lobos que te atrapan, te paralizan. Afortunadamente hay gente buena que te ayuda a romper el encantamiento, amigos, mi hermana, mi hermano, papá y mamá, personas que llegan en el momento indicado y te ayudan a enfrentar el cambio.

Mi mantra es el respeto enfocado en la comprensión y descubrimiento de los seres humanos. Yo solía juzgar a las personas, a veces tanto como me juzgaba a mí misma, hasta que aprendí con ayuda de un libro de Marianne Williamson —una de mis autoras favoritas— que podemos saludar al ser bueno que habita en cada persona. Es una manera de crear milagros, las personas reaccionan con amor, nos invade la misericordia al saludar a ese ser generoso, más allá del aspecto físico y las condiciones sociales.        

No sería la mujer que soy, si no hubiera enfrentado los problemas que me tocó vivir. No sería la hija, la hermana, la amiga, el ser humano que escribe estas líneas, si no hubiera aprendido de papá y mamá, de mis maestros, de mis amigos y de mis sobrinos a hacer lo correcto con espontaneidad y amor. Hacer el bien no es tarea fácil, es un trabajo duro de todos los días.


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