Huellas

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Plan Be

Cada historia comienza en alguna parte y de alguna manera, quizá nace de la necesidad inexplicable de entendernos a nosotros mismos. O como la de Forrest Gump, “for no particular reason”; la historia de lo que han pisado nuestros zapatos, desde el primer par. Esta historia inicia en un lugar lejano, en una ruta de peregrinaje, en el Camino de Santiago. Se trata de una peregrinación de la Edad Media que sobrevive hasta nuestros días. La ruta no tiene un punto obligatorio o fijo de partida, es difícil precisar dónde inicia y, a veces, dónde termina.

Hay un dicho que se conoce en la mayoría de los pueblos y comunidades del Camino de Santiago: “Existen tantos caminos como peregrinos”. Rutas históricas y otras muchas turísticas, algunas son tan antiguas que ya eran utilizadas como carreteras por los romanos antes del cristianismo; alguien me dijo que el camino empieza y termina donde uno mismo se alinea a caminar. Estas rutas cruzan Francia, España, Portugal, el País Vasco y Cataluña. Cuando me enteré de la variedad de rutas, algunas más transitadas y otras más difíciles de recorrer, entendí que se trataba de una peregrinación —con docenas de escalas en diferentes iglesias y puntos de interés— que une a muchos pueblos con un mismo objetivo.

Aproveche una semana para instalarme en Montserrat, una las comunidades de la ruta catalana que cruza las montañas, en un evento especial, un workshop. Durante mi estancia en Montserrat, descubrí mi propio camino de Santiago, una metáfora de mi búsqueda por conectar con mi mundo interior, una ruta propia e íntima, me pareció una coincidencia con el alquimista de Coelho, quien descubre que tiene que viajar para encontrar algo que podría haber hallado en el origen.

Como dije, cada historia comienza en alguna parte y de alguna manera. En aquel momento esperaba mucho del workshop, el simple hecho de encontrarme en un sitio tan distante para mí, el cual es visitado por cientos de miles de personas cada año en un eterno peregrinar, incrementaba el potencial de las enseñanzas. Sin embargo, desde un principio ocurrió algo que cambió mi sensación por completo. Me vi al espejo y encontré lo que estaba buscando. Muy raro. Me alejé del lugar donde nos hospedábamos por un camino rural, pacífico, parte de la ruta hacia Santiago de Compostela, con preciosas vistas al valle que rodean las montañas, lleno de todo y de nada; todo era verde alrededor de la ruta, bajo el fuerte cielo catalán. Tuve un tiempo a solas para caminar y reflexionar. Los pensamientos fluyen mejor en movimiento.

Hubo un punto en el que me di cuenta de que me hallaba frente al camino amarillo del Mago de Oz, pero que en realidad no había Mago, no hacía falta, porque el camino tú lo haces —se abre el corazón y se llena de fortaleza— sin necesidad de que haya un Mago al final del mismo, porque es el camino el que te va forjando y el que llena a uno de magia, de ese sentimiento de posibilidad. Me había refugiado bajo un árbol, y me imaginé a mí misma transitando mi Camino de Santiago interior, sin moverme de ese lugar. Si no había Mago, tampoco tenía que haber un camino físico, material, real, bien podría existir dentro de cada uno ese camino fantástico hacia nuestro propio descubrimiento.

En medio de esa vasta quietud en que las sombras comenzaban a alargarse con el atardecer, una carreta tirada por un burro hizo añicos el silencio que reposaba sobre la tierra. Presté atención, segura de que no habían notado mi presencia junto al árbol cuya sombra me refugiaba. Me sentí un ser incorpóreo, un espíritu que atestiguaba la vida de un hombre, su burro y su carreta. Como si ellos hubieran surgido de entre las piedras, o de un recuerdo que guardaban las montañas, siguieron su camino. La imagen del burro tirando de la carreta con su amo y el sol a cuestas, me recordó una vieja fábula. Me sorprendió la obstinación del burro, la manera en que tiraba irremediablemente sin emitir una queja, a pesar de estar sufriendo a causa del calor y el cansancio. Sólo hacía falta la zanahoria del cuento con la que el amo engaña al animal para que continúe con su trabajo.

Metáforas, recuerdos, inspiración, la simpleza del burro y la complejidad del burro. En esta cotidianidad de verdes rurales tan familiares para mí, ya no estaba en España, ni en México, ni en el mundo, realmente me conecté conmigo completando la incansable búsqueda del Mago de Oz.

Nosotros también podemos perseguir una zanahoria, toda la vida, pensando que en algún punto habremos de alcanzar nuestro objetivo. Cada mañana alguien nos pone la zanahoria frente a los ojos para que tiremos de la carreta. Creemos que podemos escoger la zanahoria que vamos a perseguir, pero la verdad de las cosas no es así: la vida se nos va en esta fábula, pensando que vamos tan atrasados y lejanos de completar el camino que nos hemos creído que es el camino.

Lo más difícil es darnos cuenta de que, con el tiempo, nosotros mismos nos convertimos en ese amo truculento. Nos ponemos la misma zanahoria, cada mañana, para forzarnos a tirar de una carreta que ni siquiera es nuestra. Pero no lo hacemos porque estemos listos y decididos a participar activamente en nuestras vidas, sino porque así hemos sido educados, a vivir motivados desde fuera.

Somos el pasado, el presente y el futuro simultáneamente, somos parte de lo que crea y destruye, un fragmento del tiempo, una pieza de la eternidad. En ese camino de tierra en medio de las montañas, fui consciente de que estaba en el aquí y ahora, como algo hermoso. Los días siguientes me sentí como un bebé y como una anciana; tan fresca, llena de vida, inocente y a la vez cansada, limitada, como si algo dentro de mí hubiese caducado y tuviera que renovarlo. Estaba cambiando por dentro, y mis experiencias corporales reflejaban esa transición hacia una experiencia interna que había estado buscando por el mundo, sin saberlo, y que habría tenido que buscar dentro de mí.

Al principio tuve miedo, pero en la medida que aceptaba estas sensaciones, reconocí que estaba feliz; mi cuerpo adquirió consciencia de sí mismo, me volteó a ver y mi consciencia lo vio, fue como dos seres que se encuentran por primera vez a pesar de haberse conocido toda la vida. Me vi a mí misma, en mi pequeñez, con tanto amor y ternura, como quien te ve y te hace descubrir en ti las cosas que ama, y por eso lo amas.

Entendí que no había necesidad de hacer grandes viajes, o tener relaciones idílicas, no necesitaba una familia perfecta o justificaciones laborales, nada ni nadie que me justificara importante o valiosa. El camino de Santiago, mi metáfora, era en realidad un corazón latente, un ritmo que me ayuda a conducirme hacia el aquí y ahora, palpable y práctico. Esto me dio un punto de referencia que uso en mi vida, cuando me siento separada como si fuera una invitada, una extraña, distraída todo el tiempo, lidiando con toda clase de pendientes, sin plantarme en el momento que estoy, incluidos todos los comportamientos con los que compenso por no cumplir o satisfacer a familiares amigos e inclusive desconocidos y a sus ideas de lo que yo debería de ser o hacer, esas voces que me dirigen como Ecos, de lo que fue entonces y por allá. Esas voces que tienen existencia (recuerdos, memorias familiares, costumbres, ideas, fantasías, anhelos), que se reflejan en las paredes de nuestra mente y nos afectan más de lo que creemos, estos ecos, son valiosísimos como información, como la voz de la experiencia, no como implacable voz de mando que dirige nuestra vida y obra, es responsabilidad nuestra escuchar y depurar qué y cómo utilizar la información.

Decidí que mi Camino de Santiago comenzaría en todo lo que me distrajera de la vida, del aquí y ahora, hasta el momento en el que lograra alinearme con el presente. Finalmente había entendido que cuando defino mi camino, puedo transitar libremente hacia una historia más amplia, más dinámica, más humana, participando en el instante inmediato con mayor abundancia y generosidad.

Al caer la noche sobre las montañas de Cataluña, experimenté la sinfonía divina en la que todos participamos. Cada uno de nosotros es un sonido y un silencio de la orquesta del universo, un ritmo que forma parte de un conjunto. Muy consciente de la oportunidad de aprender a vivir en armonía con ese flujo musical divino. Tomemos nuestro lugar en el universo, como individuos y como especie. No tenemos idea de dónde venimos ni a dónde vamos, pero lo presentimos y desde ahí en esa abundancia en nuestro interior hay un compás que nos guía. Ese es el camino hacia la existencia plena, cada uno es una huella.

Caminante, son tus huellas

el camino y nada más;

Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace el camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino

sino estelas en la mar.

Antonio Machado