Idénticos

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El grado de civilización de una sociedad se mide por el trato a sus presos.
Fyodor Dostoevsky


Plan Be

Cada que puedo me uno al grupo Freedom to Choose Project. Se trata de pasar el fin de semana en la prisión estatal, en el condado de Fresno, California. En esta ocasión todo es distinto pues vamos con equipos de grabación y fotografía. Estamos en proceso de la filmación de una pieza documental del trabajo e impacto de la fundación, a la población en riesgo, dentro de la cárcel, y ya en proceso de reinsertarse al salir. Freedom to Choose trabaja desde hace doce años en las prisiones de California para ofrecerle a la población interna talleres sobre adicción, libertad emocional, relaciones personales y sobre todo perdón profundo, dejar ir la vergüenza, la culpa que es más cruel que la propia prisión. Freedom to Choose se encarga de dar seminarios y material de reflexión para integrarse de regreso a nuestra auténtica naturaleza humana, una de amor y balance.

El objetivo de la creación del documental, en última instancia, es que lo vean tantas personas como sea posible para elevar la conciencia; claro, levantar fondos también es muy importante, pues así se pueden hacer más materiales, compartir con más población en situación de riesgo (siempre digo que somos todos).

Dar un paso dentro de una prisión, cualquiera que sea esta, significa traspasar el umbral entre la realidad tal cual la conoces y las otras realidad alternas tan reales como la tuya. A este punto, lejos de ser una experta, me ha tocado la suerte de entrar y salir de varias prisiones, algunas en México, como Santa Marta Acatitla. Una vibra generalizada de división y separación es lo que me queda claro, como si al entrar hasta el aire se cuadriculara y circulara dividido en jerarquías y niveles de prioridad, colores de piel, de ropa y de peligro, etc. Es una versión aguda, magnificada, de justamente el origen de lo que tiene a esta gente en esta condición, la separación de ellos mismos, de su naturaleza humana, de la de otros a su alrededor. En fin paso a paso, tanto que amar y que integrar en nuestra experiencia.

Estas cárceles albergan a hombres y mujeres que cometieron crímenes, eso es un hecho innegable. Muchos de los presos cumplen cadena perpetua.

Durante la filmación, el teniente responsable de la prisión fue el encargado de escoltarnos y supervisar que guardaramos el respeto y siguiéramos las reglas al pie de la letra, durante nuestra visita. Era un hombre en el que cada movimiento estaba pensado en convertirse en una reacción en caso de que algo inesperado ocurriera. En ningún momento dejó de estar atento a su alrededor. A pesar de eso, me pareció un tipo afable, entregado a la conversación y a la reflexión de su oficio como custodio y previamente como oficial de libertad condicional. Estaba alerta y simultáneamente nos atendía con toda su presencia, respondió todo lo que le preguntamos y lo más impresionante, parecía que estaba actuando y que se quitaría el disfraz de humano y sería un ángel con grandes alas trabajando y acompañando a todos estos personajes en su dolor.

“En todos estos años he visto el hilo conductor que se les ofrece a estos hombres, todas las alternativas que han tenido en su vida, son criminales, de alguna forma, generación tras generación”, comentó el teniente. “Están acostumbrados a esto, no es una tragedia para ellos, es casi una costumbre”

Le pedí que desarrollará su idea. Básicamente sostuvo que a los presos se les había puesto tras las rejas desde mucho mucho antes de estar en prisión. Estaban destinados a, tarde o temprano, acabar aquí, según el teniente. Falta de acceso a oportunidades, violencia familiar, adicciones, etc. Muchos de ellos venían de familias completamente disfuncionales que los habían violentado cuando eran niños. Otros habían crecido criminalizados por su aspecto, religión o condición económica. La sociedad los había relegado, mucho antes de que cometieran su primer crimen violento. La mayoría, apuntó el teniente, había dado señales de alerta en su adolescencia y juventud. El problema es que nadie se da cuenta o vamos tan de prisa que simplemente no nos importa, en el mundo en el que vivimos hoy, sin lugar a dudas, cruzamos más de una vez al día caminos y tocamos la vida de alguien que sufre profundamente, alguien en riesgo de morir o matar del dolor.

“Durante toda su vida estos hombres sólo han conocido el lenguaje de la violencia”, comentó el teniente y me habló del caso de un preso con el que a veces platicaba, un joven que tenía treinta y cinco años al momento de mi visita y que ingresó al sistema penal a los quince años. Cuando era apenas un niño su padre le prendió fuego; lo incendió. Desde que tuvo memoria se relacionó con un ambiente plagado de drogas, alcohol y violencia, en su núcleo familiar. Pugnaba condena por haber apuñalado a su hermano siendo adolescente. Sentí todas las respuestas a todos los niveles, desde la contracción visceral hasta la más profunda compasión.

La destrucción del cuerpo social, jurídico, físico, emocional y espiritual de los hombres y mujeres que ahora estaban presos parecía un hecho inamovible dentro de nuestra sociedad. Algo natural, incluso. Yo no entiendo cómo es que la gente se tranquiliza al pensar de manera binaria que las cárceles separan a los malos de los buenos.

—La prisión es un microcosmos del mundo —dijo el teniente—, la única diferencia es que aquí hemos reducido los colores a sólo dos, verde o azul.

—Afuera hay amarillos, rojos, verdes, negros, anaranjados, blancos… —respondí.

El teniente sonrió y dijo que lo había comprendido a la perfección. En seguida hubo un silencio.

—¿Sabe por qué caminan solos? —me preguntó—. Porque tienen prohibido caminar en grupo.

Luego me contó que él había tenido la oportunidad de ser oficial de libertad condicional en California. Durante ese tiempo se dio cuenta de que la realidad de la cárcel, la manera en la que la vida está determinada, dividida en clases, proyectada por un orden irrevocable, se extiende a la vida diaria. A esa vida a la que los presos quisieran volver y no saben cómo hacerlo.

—¿Qué alternativas les damos a estas personas en la sociedad cuando salen? —le pregunté.

No tuve una respuesta y sigo sin tenerla. En efecto, ¿qué puede ser diferente en el mundo cuando abandonan la prisión veinte, treinta, cuarenta años después de haber entrado? ¿A qué mundo regresan? ¿Acaso hay algo mejor para ellos?

La verdad es que el mundo antes y después de su encierro sigue siendo el mismo, incluso peor, porque ahora ha perdido esa máscara que disimulaba su verdadero rostro. Ellos lo saben. Quienes lo ignoramos somos nosotros, que creemos en la lógica de los buenos y los malos, los inocentes y los culpables. La prisión es sólo un almacenamiento, una pausa estéril, un encierro sin educación, sin rehabilitación, sin trabajo, sin oportunidades.

Me parece poderoso el trabajo de expandir la conciencia de que la libertad y la liberación son temas muy diferentes. Uno puede andar libre en la calle preso del dolor y los apegos disfuncionales y preso sin poder acceder a nada ni a nadie y alcanzar la liberación interna. Yo trabajo en la cárcel porque creo en la humanidad, en toda la humanidad, porque creo que tenemos que regresar la humanidad a todos los humanos, no sólo a los que se portan bien. De ninguna manera subestimo el impacto de la criminalidad, de ninguna manera justifico los crímenes, ni a los que los ejercieron; creo que la consecuencia a las elecciones que tomamos son parte de la responsabilidad y la sustentabilidad humana, a lo que me refiero es a encontrar el espacio de ecuanimidad que nos regresa a nuestra humanidad y ver a otros como humanos también.

En carne propia me ha tocado vivir las repercusiones de esta dolorosa circunstancia. Mi abuela fue secuestrada y asesinada y las ramificaciones del profundo dolor y la tragedia de esto son incomprensibles. Lo sé, y sin embargo estoy segura que esos humanos no son monstruos, o sub humanos, o lo que sea, me queda claro que tuvieron que separarse de su humanidad para poder actuar así, me queda claro que no estaban presentes en su propia vida, en su esencia humana, que tuvieron que ver a mi abuelita como separada de ellos, como de otra naturaleza, de otro equipo, para poder atacarla. Creo que si nos vemos corazón a corazón, humano a humano, tenemos mejores posibilidades de recordar quienes somos realmente y cuidarnos unos a otros, de regresar, literalmente, el alma al cuerpo.

En este contexto es en el que la organización Freedom to Choose trata de generar un cambio. Y también es la razón por la que nos interesamos en hacer el documental. Compartí con el teniente algunas ideas al respecto antes de que terminara nuestro recorrido. Cuando nos despedimos, agregó que había alguien a quien le gustaría presentarme.

—Se llama Tony —me dijo.

Tony llevaba treinta años en la cárcel cuando lo conocí. Ingresó a los veinte, a finales de los años ochenta, cuando no había tabletas ni internet inalámbrico. Estaba a escasos veintiséis días de su liberación. Preso entre dos siglos que han cambiado a una velocidad intimidante, no tenía la menor certeza de lo que le aguardaba allá afuera en el mundo.

Como un regalo del universo acabe siendo testigo de una íntima conversación entre el teniente y Tony. Me dio la impresión de que hablaban dos amigos. Era evidente que por parte del teniente había un deseo honesto y fraternal de hacerle un bien a Tony, y éste lo sabía.

Después de todo este tiempo preso se notaba angustiado por su salida. Uno pensaría todo lo contrario. Pero la verdad es que, para Tony, volver a su casa, a su barrio, a su gente, significaba volver a la realidad que lo llevó a prisión, a la pandilla de la cual él había sido jefe. Tony tenía cincuenta años, y a pesar de ello, al verlo, al escucharlo, casi podría jurar que se trataba de un niño asustado.

—Mira —intervino el teniente—, toda esa gente que te preocupa volver a encontrar y a la que conociste hace treinta años, escúchame bien, treinta años, probablemente ya estén muertos, o en otra prisión sirviendo cadena perpetua. Eres uno entre mil, tú tuviste mucha suerte, te comportaste bien, estás sano, vas a tener una segunda oportunidad.

—Que así sea —le contestó Tony y se tranquilizó. Cruzó los brazos, meditabundo. Su tiempo en la prisión lo utilizó para aprender a entrenar perros de ayuda. El teniente me comentó que Tony era un hombre fuerte, inquebrantable, que había tratado de rehabilitarse y que se había vuelto muy bueno en su oficio.

Estaba conmovida por la inocencia con la que Tony expresaba sus miedos, sus dudas. Me alegró saber que esa vida sin opciones en la prisión, por treinta largos años, no había alcanzado a trastocar algo dentro de él, algo que ni el encierro, ni la falta de educación, ni los prejuicios, ni la violencia habían vulnerado, una especie de inocencia, una fe en que podía plantearse la existencia en otros términos.

Esta experiencia me hizo reflexionar en mis conductas. ¿De qué manera participo como ser humano para paliar el dolor que experimentan otros seres? Si bien es cierto que no puedo resolver la vida de Tony, no dejaba de preguntarme cómo podía participar en el mundo para honrarme y honrar a la humanidad de la cual soy un miembro. Por otro lado, me sentía bendecida de estar ahí.

Nuestra participación en el mundo es disfuncional, personal y colectivamente. No asumimos que somos parte, que debemos ser parte de una historia más grande de amor a la humanidad. Nos basta cuadricular para entender, ver el mundo en términos de separación, de segregación, bajo marcos de referencia que heredamos y que, claramente, no sirven. La vida no es blanco y negro, juzgar en términos de bien y mal, simplemente ya nos quedó corto.