El mar, el cielo y las estrellas pueden esperar

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Las personas son lo más importante, el mar y las estrellas pueden esperar. El camino de la sanación comienza en nosotros mismos y, si acaso termina en algún punto, ese debe ser la Madre Tierra.

Soy una mujer maya y sanadora. Sé que tengo el poder de tocar y transformar las cosas con mi esencia, por eso cada día voy escribiendo una página en mi libro de vida; con alegría, tristeza, logros, obstáculos y retos voy matizando y pintando mi existencia, por eso sé que soy un ser especial, porque no hay nadie igual a mí: la vida que tengo sólo yo la puedo vivir.

El mayor reto al que me enfrento constantemente en mi vida es la violencia contra las mujeres indígenas. Trabajo desde hace tiempo en una organización que promueve sus derechos, así como los de las niñas y niños de sus comunidades, atendiendo el tema de violencia en cualquiera de sus expresiones. Improvisar, para nosotras, en estas circunstancias adversas, es el pan de cada día.

Sé que tengo una misión en mi vida: estoy aquí, en este momento, viviendo porque el universo así lo dispuso, tengo la capacidad de escuchar y sanar a las mujeres a través de los masajes, generando reflexiones. Casi nadie me ve llegar a las comunidades, pero todos saben que estuve allí con mi esencia de mujer maya y sanadora, con mis manos, testimonio de mi paso por el mundo.

Ante una situación imprevista, determinada por la violencia, es preciso mantener la calma, respirar profundamente, escucharme para saber qué está pasando y en consecuencia ayudar a las demás personas, para que no haya caos ante una situación de crisis. El que yo esté bien me permite ofrecer una red de apoyo; si, por el contrario, me colapso, no puedo ofrecer una mano amiga. Siempre digo no puedo dar lo que no tengo.

La vida no puede ser un acontecimiento egoísta, individual, como muchos piensan. Una red de apoyo es vital para formar comunidad. La palabra conexión es fundamental, es conectarnos con nosotras mismas: si logramos escucharnos será más fácil escuchar a los demás, estando en armonía con nosotras será más fácil sumarnos a un colectivo. El mundo material nos está llevando a la competencia, la separación, la pérdida de unión, y en definitiva nos está empujando al caos, por eso la respiración y conexión con el presente son fundamentales para construir espacios de una mirada más equitativa, donde las diferencias sean riquezas, motivo de alegría y no otra manera de competir.

No me considero un ser capaz de hacer milagros, pero tengo un don: mis manos. Toco el cuerpo de otras personas a través de la sanación, dando masajes. Soy una mujer empática con las mujeres, desde el proceso de acompañar y estar presente en sus vidas he aprendido a trascender conocimientos. De manera muy particular he generado un proceso colectivo de sanación con otras mujeres de mi generación, en pláticas, charlas y talleres.

En este momento necesitamos como humanidad respirar, pisar tierra firme, regresar a nuestros valores de ser recíprocos con la naturaleza, ser agradecidas con el universo, para que podamos sanar a la Madre Tierra. Es preciso que aprendamos a improvisar una nueva humanidad, ante la situación de desastre que se avecina para el colectivo humano.

Construí mi vida bajo mis parámetros, sin comprometer mis principios. Me siento orgullosa de la actitud que he tomado ante las diferentes situaciones que enfrento diariamente. Confío en mi capacidad de resiliencia. Siempre con agradecimiento hacia el universo por permitirme ser una mujer valiente, agradecida con la vida. Creo que soy afortunada, mi vida no ha sido fácil, pero he aprendido de todo mundo en muchos lugares, circunstancias y en los momentos más complicados de mi vida siempre ha estado alguien ofreciéndome la mano.

Mi mayor lección ha sido experimentar el dolor ajeno. Sé que hay un ser supremo que me cuida y me protege. Aunque a veces tiendo a dejarme al último, a sobrecargarme de emociones, razón por la cual me enfermo. En muchas ocasiones no he puesto límites, y siento que vivo un exceso de responsabilidades. Pero los días malos, cuando me siento enferma, agotada, incluso frustrada por tanta violencia sin sentido, valen la pena cuando veo que una mujer se libera de una situación de peligro.

Nunca le he dicho esto a nadie: algún día me gustaría viajar en un crucero para mirar el atardecer y por la noche ver las estrellas, quizás en compañía de una pareja de vida. Es sólo un sueño, porque no tengo pareja y tampoco dinero. Quizá pueda cumplir ese deseo cuando mi trabajo en este mundo esté próximo a llegar a la meta. Mientras tanto, hay mujeres, niñas y niños que necesitan ayuda. El mar, el cielo y las estrellas pueden esperar.

María Russy de Rosalba Chay Tucuch


Perfiles, EspañolClaudia Flores