Mi nuevo trabajo: hacer lo que deseo

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Mi nuevo trabajo: hacer lo que deseo.

Sentir tu humanidad a flor de piel puede ser una experiencia dolorosa. Quitar de por medio los caparazones que nos aíslan de las personas —arriesgarse a ser lastimada— no es un proceso cómodo. A veces resultamos heridas. Así que hay que aprender a sanar, no puede ser de otro modo.        

Soy Alejandra N., y antes de hablar de mis virtudes y defectos, quiero contar una anécdota sobre cómo aprendí a conocerme. Cuando tenía veinticuatro años, casi veinticinco, terminé una relación de siete años con mi entonces novio. Siete años fundamentales para mi crecimiento y maduración. A los pocos días de mi rompimiento tomé la decisión de mudarme a otra ciudad donde pudiera estar sola. En ese momento no tenía la claridad necesaria para entender que, sin importar en qué ciudad estemos, tenemos que hacerlo en compañía de nosotras mismas. Nadie puede huir de sus pensamientos.        

Decidí comprarme una cámara de video para grabarme durante el proceso de duelo. La idea me vino a la mente una tarde mientras paseaba en una plaza comercial. No estaba segura de lo que buscaba. Se me ocurrió entrar a una tienda de electrónicos y, cuando menos me lo esperaba, allí estaba yo, en una pantalla, mirándome a mí misma. No pude reconocerme, por un segundo pensé que se trataba de alguien con un semblante parecido al mío. Enseguida supe lo que tenía que hacer: compré la cámara, me fui a casa, la conecté y hablé frente a la lente acerca de ese torbellino de soledad, tristeza, culpa y enojo que experimentaba a diario.

A la vuelta del tiempo me doy cuenta de que he sido muy complaciente —quizás demasiado— con muchas personas, sobre todo en mis relaciones. Me he llegado a sentir desleal conmigo con tal de buscar la aprobación de los demás para sentirme en paz. Como si mi vida girara en torno a las necesidades de otros seres humanos y no alrededor de mis deseos, sueños y necesidades. Hay un límite para todo, y creo que esa fue la razón de que mi relación de siete años se viniera abajo. Cruzamos ese límite. Y me cansé.

La historia de mi vida es la historia de la comprensión de que hay un plan perfecto para cada ser humano. Me reconforta pensar que existe una voluntad que sincroniza nuestra existencia con el todo. No podemos percibirla. La gente de fe le llama Dios. Otros le llaman destino. Sea cual sea su verdadero nombre, estoy segura de que existe esa magia del universo encargada de que las cosas ocurran conforme a un bien mayor.

Gracias a la meditación he aprendido a enfrentar situaciones imprevistas. Cuando tenía veinticuatro años estaba lejos de comprender la importancia de sanar a través de la introspección, la respiración y la búsqueda permanente de un punto de equilibrio entre mi humanidad y el universo. No ha sido tarea fácil, hicieron falta muchos descalabros para que aprendiera a vivir verdaderamente mi humanidad, lo que implico concentrarme, en buena medida, en mi espiritualidad. Ahora mismo viene a mi mente uno de los momentos clave de mi historia.

Tiempo después del rompimiento con mi novio, me encontraba en Inglaterra cuando recibí la noticia de que me habían contratado para trabajar en una compañía en Madrid, España. ¡Por fin, mi primer trabajo después de un largo proceso de búsqueda! Estaba emocionada, tanto así que comencé a ver la vida en otros colores. A pesar de que no se trataba de un empleo relacionado con mis intereses personales, me sentí afortunada.

La contratación fue inmediata, al día siguiente tenía que volar a España para comenzar a trabajar. Es curioso cómo la vida parece retener todas las oportunidades en un momento, y al siguiente nos da a manos llenas. En fin, preparé mi maleta para el viaje, hice algunas llamadas para despedirme de mis amistades y dejé todo en orden en Inglaterra. Tenía que empezar sin pendientes.

Llegué al aeropuerto sin demoras, para documentar mi equipaje. Cuando estaba en el mostrador un joven pelirrojo, pecoso, que trabajaba para la aerolínea me dijo que mi vuelo estaba retrasado una hora. Cuando hubo documentado mi equipaje, me devolvió mi pase de abordar y mi pasaporte; le pedí que verificara que, en efecto, mi vuelo había sufrido un retraso, sólo por estar segura.

—Sí, viene una hora tarde, me dijo con acento marcadamente británico.

Me pareció chistoso que en la tierra de la puntualidad, un vuelo entre Inglaterra y España, relativamente corto, se retrasara tanto como una hora. Supuse que sería culpa del tiempo. Decidí dar una vuelta antes de ir a la sala de abordaje y recorrí algunas tiendas, compré un sandwich e hice una escala en el baño con toda la calma del mundo. Cuando llegué a la puerta de embarque, con treinta minutos de anticipación conforme a la hora que me indicó el pelirojo que iniciaba el abordaje, una señorita que trabajaba para la aerolínea me informó que habían estado llamándome por el altavoz.

—¡¿Pero cómo puede ser!? —le dije horrorizada—, si el chico que me registró en el mostrador me informó que el avión venía retrasado —pero el vuelo había partido sin mí. Incluso habían sacado mis maletas del avión—.¿A qué hora sale el siguiente vuelo? —pregunté.

—Todos los vuelos de hoy están llenos.

—Pero tiene que encontrarme un lugar, voy a perder mi trabajo si no llego a Madrid —le insistí a punto de llorar de desesperación.

—No puedo hacer nada por usted, lo siento —me respondió con indiferencia.

—¡Pero fue culpa de su compañero, él me dijo que el vuelo estaba retrasado! — argumenté y le describí al joven pelirojo para que lo ubicara y comprobara que era cierto todo lo que le decía, pero, para mi sorpresa y profundo asombro,  la chica respondió que no había nadie con esas características trabajando en la aerolínea.

Comencé a llorar de angustia frente al personal de la aerolínea, quienes me miraban con temor de que armara un escándalo que les pudiera costar una amonestación o, tantito peor, una demanda. Me pidieron que tomara asiento en la sala y esperara un momento para ver qué podían hacer por mí. Momentos después me confirmaron que no había lugares disponibles en ninguno de sus vuelos. Dejé de llorar. Traté de conectarme conmigo misma, con mis emociones. Había algo más que angustia detrás del hecho de perder el vuelo, el costo que eso implica, o el sentimiento de fracaso que experimenté al saber que mi primer trabajo estaba en peligro por un error de la aerolínea, el cual no estaban dispuestos a asumir. No sólo lloraba por estas razones. Había otra cosa, oculta bajo las emociones inmediatas. En realidad, me angustiaba la idea de dedicarme a algo que no me emocionaba, sentí que me estaba traicionando al aceptar el empleo. Había ocurrido tan rápido que no tuve tiempo de asimilarlo hasta que me senté frente a la puerta de embarque.

En cuestión de horas había tenido que dar un giro de ciento ochenta grados en mi vida para viajar a Madrid. Estaba pasando otra vez sobre mí, sacrificando mucho al aceptar la oferta; amigos y gente querida. Ahí mismo, frente a esa puerta de embarque que nunca se abrió, caí en cuenta de que a partir de que acepté la oferta, en vez de expandir mi alma, me sentía contraída, aplastada por un peso enorme cada vez que pensaba en el trabajo. Así que, como una loca, de pronto me limpié las últimas lágrimas y comencé a reírme. Me supe liberada, plena de felicidad, al darme cuenta de cómo la vida me había jugado una broma, una magnífica broma para que yo entendiera que no estaba obligada a nada, sino a cumplir mis sueños. Si un trabajo no me satisfacía, tenía todo el derecho a rechazarlo y seguir buscando algo acorde con mis deseos. En ese instante me sentí llena de gratitud hacia el universo, por saber que estaba siendo guiada.

Enseguida me dirigí de nueva cuenta al mostrador de la aerolínea y pedí un boleto a Los Ángeles. No estaba el pelirojo. Me atendió otra persona, cuando revisó mi registro me dio la noticia de que la aerolínea me haría un descuento debido a la confusión que había ocurrido antes.

Hay que aprender a fluir con el ritmo que imprime la vida en nuestro camino. Una y otra vez he sido testigo de que hay un plan perfecto que no puedo ver, pero lo presiento. Vivir con mi humanidad a flor de piel es la filosofía que sigo. Aprender a sanar y estar abierta a lo que nos da la vida, esa es mi manera de estar en el mundo. A veces es difícil, pero también maravilloso.


Perfiles, EspañolClaudia Flores