No voy a naufragar

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A sus órdenes, general.

A veces no sabemos dónde buscar la fortaleza para resolver los problemas que se nos presentan día a día. Naufragamos en la desesperación. No nos damos cuenta de que para salir adelante sólo hay que buscar dentro de uno mismo.

Soy María Teresa, consultora de imagen personal y empresarial. Mis amigos y familiares me dicen Mayte, me gusta porque suena más cercano, menos rígido que María Teresa, nombre de emperatriz. Cuando vi un retrato de María Teresa I de Austria, me sorprendió el talante autoritario a cuerpo entero. Claro, eran otros tiempos y ella tenía que dirigir un imperio, así que ya me imagino; si uno que es un simple mortal se pone severo cuando tratata de direccionar su vida, no quiero imaginarme ella.

Cuando pienso en mí, pienso en una mujer ordenada, atenta, y especialmente inclinada hacia la empatía. Sospecho que se debe a la naturaleza de mi trabajo. Como asesora de imagen debo ser muy receptiva a la personalidad, intereses y necesidades de mis clientes. Hay otro rasgo que me gusta destacar: mi sentido del humor. Lo heredé de la familia de mi padre. Creo que, si una persona no es capaz de reírse a solas, probablemente su vida interna será estéril. La risa es un síntoma de salud espiritual.

Mi vida laboral contrasta con el pésimo manejo de mis propias emociones. A veces me lo reprocho, pero así son las cosas. No entiendo cómo los ingredientes para crear un ser humano pueden combinarse de tal forma que den como resultado una persona que sabe reírse con la vida y al mismo tiempo es extremadamente emocional; vaya mezcla de tragicomedia. Soy muy ansiosa, a tal punto que he llegado a experimentar verdaderos ataques de pánico, eso me devuelve de golpe a la tierra, a pesar de que trato de mantenerme liviana, ligera, para volar cuando consigo conectar conmigo haciendo lo que exalta lo mejor de mí.

No me he atrevido a decirle esto a nadie, pero, desde hace un tiempo, estoy naufragando en una crisis emocional muy fuerte: siento la tristeza más profunda de mi vida. No me hubiera imaginado que, a mis cuarenta y tres años, con una carrera consolidada, siendo una mujer exitosa, sentiría tal desolación. A veces pienso que se trata de algo pasajero, incluso creo que sólo es una cuestión hormonal. Otras veces pienso que se trata de algo permanente, y no veo el final, y cuando eso ocurre vienen los ataques de pánico, de pronto pierdo el aire y siento un calor abrasador, como si estuviese encerrada en un armario muy pequeño y oscuro.

Para lidiar con estos arrebatos emocionales he aprendido a mantener la calma. Me digo a mí misma, respira, no vas a naufragar, toma aire y plántate en el suelo. Analizo lo que me ocurre, trato de escuchar esa parte de mí que se aferra a no sucumbir al pánico. Todos llevamos por dentro un chaleco salvavidas, sólo es cuestión de aprender a usarlo. Creo que parte del secreto yace en la improvisación, cuando la vida nos toma por sorpresa hay que darle la vuelta.

Mi trabajo me ha enseñado a lidiar con las emociones de otras personas. Por eso mismo he desarrollado un sexto sentido que incluso me ha ayudado a mí misma. Así como los pianistas tocan las teclas del piano para que nazca el sonido, yo toco las fibras sensibles de mis clientes para que den sus mejores notas. No todo el mundo sabe conducirse correctamente frente a los otros, o en su ambiente laboral. Por eso mismo acuden a mí, yo les ayudo, los guío, los doto de herramientas. He aprendido a decir las cosas con sutileza, al oído, como si fuera Pepe Grillo. Uno no puede llegar y soltarles de sopetón la verdad a las personas, no están acostumbradas a la franqueza, y aunque lo estuviéramos, porque de repente me incluyo. Hay que tener método, tacto y experiencia, calor humano.

Recuerdo muy bien la primera vez que tuve que vender una asesoría de imagen a un general del ejército de los Estados Unidos. Por alguna razón mi jefa no pudo acudir a la cita y designó a un compañero y a mí como los encargados de presentar los detalles de la asesoría y cerrar el trato con el general. Si digo que estaba muerta de miedo me quedo corta. Obviamente sentí que me hundía en un mar de ansiedad. Antes de presentarnos con el general y su equipo, mi compañero y yo acordamos que él hablaría, por ser el más experimentado.

Momentos antes de la cita, en el elevador, me dijo:

—Tienes que tener mucho cuidado con tus palabras cuando hables con un cliente. Si nos equivocamos, la jefa nos corta la cabeza.

Le recordé que él había aceptado hacerse cargo de la exposición. Yo sólo pensaba apoyarlo moralmente, tras bambalinas. Me miró con unos ojos que todavía tengo presentes, como si tratara de decirme que cualquier cosa puede pasar con un cliente.        

En cuanto puse un pie en la sala donde se llevaría a cabo la presentación, sentí que había caído en un foso. Había alrededor de veinte hombres. Sus miradas cortaban el aire, estaban sentados alrededor de un pequeño palco. En cuestión de minutos mi compañero pasó al frente y comenzó a explicar cada punto de la asesoría, con mucha elocuencia y soltura. Me tranquilicé al verlo seguro de sí mismo, frente a esos hombres duros que no hacían ni un gesto.

Llegó un momento en el que me tranquilizó que no tendría que decir yo nada. Mi compañero tenía todo bajo control, y era cuestión de minutos para que terminara. De pronto, uno de los presentes, quien al parecer era un general de inteligencia, me dirigió una mirada inquisitiva y me pidió que pasara el frente para redondear algunos puntos que, a su parecer, había omitido mi compañero.

Nunca había hablado en público, mucho menos frente a veinte funcionaros del ejército de Estados Unidos y un general que aspiraba a llegar a la cúspide del Pentágono. Se me nubló la vista, traté de respirar, pero sentí como si una mano invisible me tapara la boca y la nariz. Todavía recuerdo las miradas de los hombres, su expectación, y la presión de saberme responsable de un contrato con el ejército. No sé de dónde salieron las palabras, pero me dirigí al general y le dije:

—Para potenciar sus atributos como líder debe ser congruente con su apariencia, conocimientos y comportamiento, no sólo en horas de trabajo, sino cada minuto de su vida. Los grandes líderes lo son todo el tiempo. Comencemos por la vestimenta, el complemento adecuado para crear esa congruencia entre lo que sabe y lo que hace.        

No sólo el general y su equipo quedaron boquiabiertos, también mi compañero estaba azorado por mi respuesta. Ahora sé que encontré la claridad para salir airosa en las horas de esfuerzo y trabajo intenso que había realizado hasta ese momento y todo tuvo que ver, creo, porque en aquel instante invoqué toda mi presencia y me hice completamente en aquella situación, consiguiendo conectar, supongo, con esa certeza interna que todos poseemos. Comencé a hablar pensando que la experta en el tema era yo, elegí mis palabras con cuidado, como me había explicado mi jefa. El general creyó en nosotros y contrató la asesoría ese día.        

Desde entonces he lidiado con mis flaquezas, apoyándome en mi empatía hacia los demás, para comprenderme a mí. Es un camino largo. Muchos sabios lo han dicho, conócete a ti mismo. A veces el camino es mucho más arduo y trabajoso que cualquier oficio en el mundo. Vale la pena asumir el reto. Estoy segura de que saldré delante de esta crisis emocional. No voy a naufragar, voy a ser congruente conmigo, ahí está la salida.

María Teresa Requejo Jiménez


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