Opportunidad

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Plan Be

Me mantuve presente, en un intento permanente por calmar mi sosiego, por tranquilizar mi mente, por estabilizar las sensaciones de mi cuerpo, todo esto en medio del terror absoluto, de la incertidumbre más extrema, de no saber si vas a seguir adelante o si está por acabarse todo. Así que intenté mantenerme en el presente, a pesar de que mis pensamientos iban de un lado a otro, lo mismo que mis sentimientos, sensaciones y emociones. A pesar del miedo intentaba mantenerme ahí, consciente, en mi mejor versión posible. Acudí a las partes de mí que se mantenían alineadas, era muy claro cómo buscaba conectar con la tierra, literalmente conectar con la gente que me ancla a la vida, y aquello, no obstante la complicada situación, me pareció fascinante.

Ya era de noche cuando abordé en el aeropuerto de Los Ángeles el vuelo que me llevaría a Fresno para reunirme con el equipo de producción que trabajaba en unas piezas audiovisuales para un importante proyecto de Vena-Cava. La ruta entre ambas ciudades californianas es muy poco comercial, así que las naves son de esas que parecen mosquitos. Desde antes de subirme ya sentía una sensación extraña, no de que fuéramos a tener un accidente ni mucho menos, sino como que intuía que allí sucedería una historia o conocería a alguien, no lo tenía claro, pero sabía que algo inusual ocurriría. Todos mis niveles de conciencia estaban alertas, como sentados en el cine ya con palomitas en mano. Inclusive, antes del despegue me puse un momento de pie y comencé a buscar algún rostro conocido entre todos los pasajeros, a ver si de casualidad encontraba alguno que calmara esa inquietud que no me permitía pensar en ese momento en otra cosa, pues suelo hacerle mucho caso a mi intuición.

Llevábamos veinte minutos volando, cuando, de pronto, la asistente de vuelo salió eclipsada de la cabina de pilotos y se aproximó absolutamente pálida y descompuesta a los primeros pasajeros con que se topó, yo entre ellos. Hiperventilando, casi sin poder hablar, con los ojos extraviados en no sé dónde y sujetándose con una mano del compartimento de las maletas para no perder el poco equilibrio que le quedaba, como pudo habló: “No vamos a hacerlo, no vamos a llegar, ayúdeme a avisarle a los demás, vamos a tratar de volver a Los Ángeles”. Enseguida hubo un silencio que se rompió rápido por el temor y el nerviosismo de los pasajeros. Era claro que el avión estaba en peligro. Cuando la mortificada mujer se dio la media vuelta de regreso, pude ver cómo le temblaban las piernas. Miré por una de las ventanillas, pero no logré distinguir nada extraño, ninguna señal evidente de que estuviéramos en peligro, no había fuego, no había nada afuera y tampoco adentro.

Un hombre de la India, sentado justo a mi derecha, me miró y me sonrió nervioso también, cuando, a la par, se dejó escuchar por las bocinas de la aeronave la voz ronca y casi lúgubre del capitán: “Habla el capitán. Vamos a tratar de regresar a LAX y salvar a tantos como podamos. Allá los equipos de seguridad están preparados para este tipo de situación, así que confiemos, pero mientras tanto ustedes ayúdense unos a otros; traten de recordar las indicaciones de emergencia y, si es posible, estudien el folleto de aterrizajes forzosos. Sobre todo, estén tranquilos y ayúdense mutuamente”.

En cuestión de segundos una respuesta inmediata de adrenalina, ansiedad se apodera de mí, pierdo el aliento, comienzo a experimentar un calor sofocante en mi cuerpo, dentro y fuera, el enfrentarme a la aterrorizante realidad de no tengo el control, parece que ya tendría que tener esto superado y no, siempre tengo que volver a explicarle a mi cuerpo que estamos bien, y de que ese bienestar no depende de que todo esté bajo control. Qué mejor lugar para estar fuera de control que en los aviones. “¡¿Salvar a tantos como podamos?!”, repetí en mi cabeza sin terminar de creerme lo que estaba ocurriendo. La belleza de experimentar los muchísimos aspectos dentro de mi, como llamados a junta de emergencia, todos simultáneamente, y cada uno con su naturaleza. Mis pensamientos calibrando entre la información presente y la de mis archivos de lo que esto significa, ideas, cálculos, recuerdos, predicciones. Mis emociones entre lo que recibía de material de mi mente y la adrenalina de mi cuerpo, sentía miedo y tristeza y angustia y también honor de estar con esta gente en este momento Mi cuerpo, más bien contraído, muy incomodo pues cuando me descuido en situaciones de esta naturaleza, dejó de respirar. Mi ser individual, agraviado pero tranquilo, pilas, sabía que estaba ultimadamente bien pasara lo que pasara. Mi ser interdependiente se expandía a ver cómo podría ser de servicio y fue esto lo que despertó el proceso de calma a través de esa situación tan estresante. Qué poderoso es el espíritu de servicio, verdaderamente, queda claro que volcarse a esta conciencia es el acto de más alto beneficio individualmente, sí, al entrar en la conciencia de que por mí y por todos mis compañeros, mi cuerpo se calmó, mi respiración se hizo profunda y mi cerebro se relajó, todo mi cuerpo dirigía la adrenalina a un propósito, no me auto atacaba sino que tenía mucha más pila y con ello fortaleza para echar a andar mis habilidades para responder y participar en el colectivo en el que estoy aquí y ahora. Esto me hace presente en una realidad de amor y armonía incondicional que llamó la continuidad, que origina y culmina en el corazón de Dios, donde vivo.

Mis pensamientos, emociones, mi cuerpo, y todo lo demás adquirió un sonido único y particular, cada uno, en una sinfonía caótica, pero sinfonía al fin.

Cada que me subo a un avión pongo atención a lo que me rodea, desde que tengo memoria he tenido un tema con los aviones. Como ya lo decía, desde el principio sospechaba que algo estaba a punto de ocurrir, pero aquí entre nos, me siento así casi todos los días, como curiosa e ilusionada de lo que me depara el dia. En este caso era extraño por que sentía como que alguien que me llevaba un mensaje, estaba como esperando que tomara forma esa rara energía que sentía. Me encanta y celebro esos momentos donde la vida nos da la oportunidad de reconocer y de integrar esa línea de comunicación tan importante, tan fundamental y básica de la intuición, lo relevante que es saber escucharla y participar responsablemente con y desde ella. Saber reconocer la auténtica voz de la sabiduría interna y la de nuestras preferencias personales, miedos, apegos y otros por el estilo.

¡Qué difícil cuando las cosas dan un giro inesperado! Cuando quien piensas que va a sostenerte se desvanece y te vas en caída libre con ella. Así me convertí en aquél avión en un gato aferrado a una cortina que ya no resistía mi peso, con las uñas apenas atoradas en la vida, un ser indefenso que ve cómo, poco a poco, todo va a sucumbir irremediablemente. Por lo general, ante una situación de crisis, de inmediato volteo a ver a quien se supone tendría que ser mi punto de apoyo de que físicamente todo está en orden, que en este caso debía ser la sobrecargo, esa persona que está ahí para ayudarte y transmitir confianza. Así que cuando la vi temblar como espagueti, ya no tuve de quién sostenerme; el miedo en su cara confirmaba que estábamos perdidos. Esto no es nuevo para mí, en muchas ocasiones buscaba la certeza de que todo está bien con adultos a mi alrededor y lo que encontraba era evidencia de que había peligros acechantes e inminentes permanentemente. A veces creo que mi tema de no ser totalmente crédula de la autoridad, tiene que ver con que en un sin número de ocasiones haya tenido que cambiar la historia, abrir pasos, encontrar la posibilidad la luz y la vida, cruzar esos límites, esos techos de cristal que en ocasiones son el trabajo de la autoridad. En este caso en el cual yo me sentía en mi punto más vulnerable pues siempre le tuve miedo a los aviones, el hecho de mantener la calma cuando no hay certeza de que todo va a estar bien, hablando de mi cuerpo y experiencia física y humana, fue un extraordinario ejercicio que puso a prueba mi trabajo y que con gran alegría les reportó que funciona, en casos de emergencia.

Mi mente, mis emociones y mi cuerpo se involucraron en las siete respiraciones y la parte serena dentro de mí cantando el mantra con el que hago ejercicios espirituales. Aquel día fue trascendental, porque pude vivir en carne propia aquello en lo que creo, y me experimenté a mí misma en todos mis estados posibles.

Mientras tanto, en los asientos contiguos, una mujer latina que previo al aviso de la emergencia no paraba de hablar con voz chillona, como si quisiera que toda la tripulación y pasajeros supiéramos de su vida, ahora, en medio del terror, gritaba: “Jesus the Lord… Jesus the Lord…”, como si estuviera cantando un coro. Al lado de ella, una americana joven, no paraba de beber. Un hombre en la misma fila pero del otro lado del angosto pasillo, repetía incesantemente, como un mantra fatal, “This is no good… this is no good…”, como si el resto de los pasajeros no supiéramos que estábamos en una situación aparentemente irremediable. En ese momento todo parecía la filmación sorpresa de una película.

Pasó por mi mente decirle a Emilio, mi exesposo, que la vida es algo dinámico, que estamos vivos, que tiene que actualizarse, que tenemos que adaptarnos a lo que pasa. Lo más simpático de la escena fue que le quería dejar una selfie a mis hijo de que “me fui” en paz: me saco la foto y la veo y como que me vi un ojo mucho más grande que el otro, y arrugas que no me había notado, bajo las circunstancias y todo el caos a mi alrededor, decidí tomarme otra selfie para que mis hijos se quedaran con la esa foto en la que “me fui en paz y muy guapa”. Amo esta parte de la historia porque muestra las bobadas y las profundidades y el miedo y el servicio y todo lo que somos simultáneamente, no lineal, y cronológicamente, sino todo a la vez.

No es fácil conectar una llamada desde un avión a más de siete mil metros de altura, pero ocurrió. Emilio mejor que nadie sabe lo que puede pasarme a bordo de un avión, pues en más de un viaje juntos experimenté ataques de pánico, y para tranquilizarme lo obligaba a verme fijamente a los ojos, sin apartar ni un segundo su mirada de la mía. Era lo único que me calmaba cuando mi torrente de ansiedad equivalía a veinticuatro expresos en mis venas. A la menor distracción le repetía incesantemente que por ningún motivo desviara sus ojos de los míos, que por favor no cerrara los ojos, ni para un parpadeo. El pobre llegaba a un momento en que no resistía, se quedaba dormido y yo lo despertaba para que me viera. A veces tenía que soportar mis crisis hasta once horas, dependiendo nuestro destino; toda una locura.

Mis emociones pueden alcanzar límites de intensidad con los cuales es difícil pensar y actuar. Entre tanta cosa que me venía a la cabeza, distinguí claramente algo: ese desbordarse por cada poro del cuerpo es el movimiento natural de la energía y también es la oportunidad de aprender a dirigirla de forma sustentable; lo que llamo SERVICIO.

La vida son momentos que se apilan y forman caminos. Juegan tantas líneas vivas simultáneamente, todo puede pasar y cualquier persona puede ser conducto de lo que sea, milagros, actos heroicos así como explotar, cometer un disparate, lastimarse o lastimar lo que más quiere, verbal, emocionalmente e inclusive llevarla a la cárcel. Qué compasión verdaderamente profunda pues en muchas ocasiones las oportunidades y alternativas de aprender a manejar una crisis parece que es un privilegio, y podría llamarse así, sin embargo no es un privilegio relacionado con ninguna situación económica, ninguna cultura, ninguna religión. Se trata del privilegio de saberse AQUÍ y AHORA completo y total, a salvo permanentemente, una especie de fe. Saberse amado y amar, humano a humano, corazón a corazón, para actuar desde esa ecuanimidad. Cómo podemos estar presentes en nuestra experiencia a todos niveles en casos dificiles y desesperados. Liberación más allá de la libertad, pase lo que pase la experiencia de abundancia, de la continuidad esencial, aquello más grande que yo, más grande que cualquier caos, aquello que, sin importar lo que ocurra, permanece.

Conectar con esa fuerza total y respirar: poco a poco reajustar y calibrar la conciencia desde el espacio de compasión en ecuanimidad. Podía ver mis pensamientos mientras se aproximaba el aterrizaje forzoso, así que me hice presente en ese momento a través de mi cuerpo para actuar y reaccionar con toda mi presencia, con todos mis recursos y habilidades.

Bueno, regresando a lo del avion, Emilio seguía en la línea, lo escuchaba repetir “Brace Clau … Brace”, yo lo oía pero no escuchaba hasta que mi vecino de asiento me toco el hombro y me dijo “Brace madam Brace…”, qué voz tan estresante, qué momento mas incomodo, el piloto, a todo pulmón “ Brace Brace Brace”.

“¡Prepárense para el impacto!, pues estábamos aterrizando a cientos de kilómetros por hora sin certeza de lo que venía. Aquello parecía el clímax de la película que protagonizábamos mujeres y hombres de todas las latitudes. Me encogí tanto como pude y cerré los ojos, sabía que todo estaba bien, que por supuesto mi cuerpo como alguno de mis hijos se sentía muy incómodo y con miedo, pude abrazar esta parte de mí y calmarla, asegurandome que estaba yo en todo y lo más alto de mi ahí conmigo. Que mi parte con miedo y ansiedad no estaba sola, que estaría yo siempre ahí para protegerla, me hablé y me traté igual que como lo haría con alguno de mis hijos. Algo poderoso que puso una sonrisa desde el fondo de mi alma en mi rostro, como si de esta forma el peligro fuera a pasar de largo sin lastimarme, y en vez de un impacto demoledor, sentí el golpe habitual de las ruedas contra la pista de aterrizaje. El avión se estremeció y comenzó a perder velocidad. Qué momento, todos callados, menos la mujer latina que gritó, “Gracias Jesus the Lord, sólo tú sabes cuándo y cómo”. Verdaderamente I am a Believer

Me dio tanta alegría sentirme integrada, como una especie de celebración de darle la bienvenida al hijo pródigo, a mis partes pródigas, la bienvenida y el perdón. Qué extraña combinación de elementos.

“¡¿Y qué vamos a hacer con esta segunda oportunidad?! Que la vida no siga igual”. grité, moviendo la energía, rompiendo un silencio que parecía, más que el final de una historia, el principio de una aventura épica.

Tripulación y pasajeros comenzaron a reír y llorar, alternando con expresiones de agradecimiento y aplausos para el capitán y su copiloto. Inmediatamente abordó el personal de emergencias, vestidos de negro como los Men in Black, quienes ordenaron el descenso de la tripulación y los pasajeros para hacerles algunas preguntas. Yo tenía mi maleta conmigo así que no esperé un minuto más y me fui a casa, sin aguardar más noticias de la aerolínea. Me quedé callada por dos días, como si mi sistema nervioso estuviese desinflamándose por las emociones tan fuertes que había experimentado y no pudiera pronunciar el más leve sonido. Durante ese tiempo reflexioné sobre cómo a veces nos resignamos a hundirnos, cuando en realidad podemos salvarnos. Nada está escrito, por más que los demás digan lo contrario, y cada día es una oportunidad, así que, ¿qué vamos a hacer con ella? Que la vida no siga igual.