Responsibilidad

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Plan Be

De viajar y de haber vivido por aquí y por allá, he sentido y atestiguado el tema de la migración y las diversas condiciones que sufren los migrantes. Personas que dejan sus raíces y se aventuran, llenos de esperanza, a establecerse en otros lugares, con otras costumbres, en ocasiones muy lejos de sus familias.

Desde hace muchos años vivo fuera de México y sin embargo soy 100% mexicana; todos los días y por donde vaya. Fuera de México hice mi familia, con otro 100% mexicano. Como resultado tenemos hijos 100% mexicanos que nunca han vivido en México. Pero aquello que nos define es la experiencia interna del aquí y ahora, más allá del contexto.

Desde siempre he estado involucrada con el activismo y de una forma u otra he buscado la manera de participar en el tema de los “indocumentados”. Sin embargo, vivo cómoda desde mi vida resuelta. No por ello indiferente. Recientemente me tocó vivir de cerca mi propia historia con la policía migratoria. En fin, esto se los platicare a detalle más adelante, lo que es relevante por ahora es la metáfora. Aprovecho para compartir mi respeto y admiración hacia todos aquellos que desafían una y otra vez a las autoridades migratorias, por ser tratados como criminales, amenazados e intimidados como consecuencia de cruzar sin permiso las líneas imaginarias que nos separan.

De algún modo así me he sentido siempre, rechazada. Hoy tengo claras y múltiples evidencias de que esto no es verdad, y sin embargo lo tengo muy presente, como una especie de guión que resuena en los ecos de mi consciencia, buscando material del pasado para justificar y afectar el presente. Esta dinámica va más allá de lo disfuncional. Noto que recurro a esto en caso de necesidad, por ejemplo, cada que tengo que justificar el porqué de algo que no entiendo o que resisto, el origen de sentirme agraviada y con el permiso de descuidarme, lo que sea que haga con el fin último de sacarme de la jugada, especie de sabotaje permanente.

No me sorprende que el tema de la migración se me haya presentado de improviso. Fue una oportunidad de analizar a profundidad todo aquello que me hace sentir bienvenida. En fin, seguimos con la realidad física, literal y con la metáfora. En un periodo de dos meses entré y salí de las revisiones migratorias de primero y segundo nivel, literalmente exhausta y asustada, con angustia y especialmente triste de haber sido maltratada. Nunca bienvenida.

En las familias tradicionales hay ideas que se les transmiten a las mujeres. Sobre todo en aquellas que, como ya he contado, tienen al padre por centro del cosmos familiar. Una de tales ideas es que hay cosas que sólo el jefe de la casa puede resolver. Si yo, siendo mujer, me determino como jefe de la casa, eso me resta feminidad, me priva de la oportunidad de estar cuidada y protegida por alguien, rompe con mis ilusiones de que haya un hombre maravilloso mezcla de papá y esposo que todo lo resuelve.

Me niego a replicar esta narrativa familiar. Si me lo preguntan, yo respondo: No, no quiero vivir con una persona de esa naturaleza. No lo necesito. Soy perfectamente capaz de hacerme cargo de un hogar. Sin embargo, estas ideas que heredé de mi familia están arraigadas en lo profundo de mi inconsciente, me impelen a actuar de cierta forma. Por eso he vivido en el malentendido de que hay cosas que yo no voy a hacer porque las tiene que resolver un hombre.

El problema es que yo no estoy buscando un Thor hogareño, no le doy entrada a ningún candidato, tengo las instalaciones de mi vida y mi hogar tomadas y no pienso soltarlas. Hay ciertas cosas que no he resuelto porque inconscientemente pienso que debe solucionarlas un hombre. Sin querer, he dejado que esta narrativa familiar me impida participar en mi vida, de manera plena y consciente, por lo que algunas situaciones se han convertido en problemas que no he podido solventar. A veces cosas tan sencillas como un aparato averiado, cambiar un foco, pintar el cuarto de uno de mis hijos, pequeñas cosas que estamos acostumbradas a pensar que las resuelve el jefe de la casa.

Me di cuenta de que a pesar de que yo no había creado esa narrativa, esa historia familiar, sin duda era su heredera. Quizá la cosa hubiera llegado hasta ahí, si no fuera porque los seres humanos promovemos o potenciamos esa clase de herencias, de lo contrario cómo pasarían de una generación a otra. Estaba permitiendo que esa historia, de la que no quería ser partícipe, definiera en gran medida mi comportamiento, mi manera de estar en el mundo.

Mi inacción llegó a tal punto que descuidé un aspecto fundamental, mi situación migratoria, que se supone tendría que haber tenido al día, sobre todo considerando que soy una mexicana en Estados Unidos. Mi visa no me permitía vivir de manera permanente en territorio americano, así que cada cierto tiempo me veía forzada a volver a México. Con la nueva administración en el gobierno de Trump mi situación empeoró. Hubo un momento en el que prácticamente me detuvieron en el aeropuerto, frente a mis hijos, cuando llegué al punto de migración, con el oficial Flores. “Qué bueno, se apellida como yo”, todavía pensé, inocentemente. Lo primero que me dijo, de bastante mala forma, fue que había una irregularidad en el estado de mi visa debido a mis entradas y salidas a Estados Unidos.

Del mostrador donde revisan los papeles, nos pasaron al cuartito, a la oficina donde retienen a todo el que les parece sospechoso. El tal Flores se plantó frente a mí, al otro lado del mostrador, y me habló con el tono más hosco y agresivo posible. Nunca en mi vida nadie me había tratado así.

—Estos tres ciudadanos americanos se quedan —dijo refiriéndose a mis hijos—. Tú te vas de regreso a tu país.

—Pero mis hijos…

—¡Shut the fuck up! —espetó el oficial de migración violentamente.

Me quedé paralizada ante la reacción de ese hombre. Enseguida, mi hijo, Emilio, me preguntó si estaba bien. Mi reacción me avergonzó inmediatamente.

—Truly, shut the fuck up… —le respondí a Emilio para callarlo.

Me sentí una pésima madre, por muchas razones. Por un lado, no estaba enseñándole a mis hijos a defenderse de una injusticia, porque tenemos todas las de perder, y especialmente a no defender a su madre, porque debido a mi situación migratoria tengo mucho, mucho en juego. Pensé que era una circunstancia terrible para mí, como mujer, como madre, como ser humano. De qué sirve saber que puedo ser una leona aguerrida, si en el momento que pongo un pie en las oficinas de migración me convierto en un gato mojado.

Recuerdo muy bien que sentí una ola de calor recorriendo mi cuerpo. Estuve a nada de decirle al oficial Flores que se fuera al carajo junto con las oficinas de migración. ¿Qué podían hacerme? ¿Quitarme a mis hijos? En ese momento pensé en llamarle a Emilio, mi exesposo, para que fuera a recogerlos. Enseguida pensé que no se trataba de ganar una batalla por una cuestión de orgullo. Me contuve.

Me di cuenta de que tenía que generar una circunstancia pacífica y cordial, para resolver un problema dentro de un marco de referencia humano y generoso. Para no abonar a este ánimo tan fracturado y terrible que ha causado el sufrimiento y la separación de tanta gente migrante. Tanta gente que sufre atrocidades, discriminación y violencia sin consideración a su dignidad humana. De qué servía mi arranque de ira contra Flores (¡Flores!) si de todas formas no iba a solucionar nada.

Estas ideas vinieron a mi mente mientras me encontraba frente a la persona más soberbia con que me he topado en la vida, quien continuaba hablándome con muy poca consideración, de forma casi automática, y, por supuesto, en inglés. Finalmente me dijo que sería deportada. Fue a buscar a su superior para resolver el asunto. Mientras tanto, volví a mi lugar y me pregunté ¿por qué había sucedido esto? ¿Por qué dejé que una cuestión administrativa pusiera la estabilidad de mi familia en riesgo?

La idea de que yo era responsable, y en consecuencia culpable, me golpeó como una piedra. Había estado actuando como si ese jefe de familia, ese hombre imaginario impuesto por mi narrativa familiar, fuera a resolver no sólo la cuestión de mi visa, sino muchas otras situaciones que había dejado pasar. Hice el recuento de todas y cada una de ellas, hasta que no pude más con la vergüenza y el coraje; de pronto una voz dentro de mí, se disparó y me dijo: “You are fucked, mijita, te jodiste”.

—Get ready to go back —dijo el oficial Flores en ese momento, mientras terminaba de hablar con su superior.

Mis hijos se quedaron callados, como si una mano helada les hubiera tocado la espalda por sorpresa. No pude procesar lo que estaba ocurriendo, cuando el jefe del oficial Flores me guiñó el ojo. ¿Acaso se estaba burlando de mí? Esperó a que Flores se retirara y me hizo una seña para que me acercara.

Todavía estaba desorientada cuando me dijo:

—Ya revisé su caso, señora, puedo decir que es una buena persona, eso se ve. Es cierto que necesita otra visa. Dígame ahora cuánto tiempo necesita para tramitarla.

Hubo una pausa en la que digerí lo que estaba ocurriendo.

—Mes y medio…

—Perfecto, mes y medio —me entregó mis documentos y me dio otra seña para que me fuera.

Rápido, le dije a mis hijos que nos fuéramos. Cuando llegamos a la calle, sentí que había cambiado algo dentro de mí. Me hice la promesa de ser responsable de mi experiencia humana, de mi tiempo y mi lugar en este mundo, de manera generosa, sin depender de ninguna narrativa ajena a mi vida, sin estar a la expectativa de que ese padre, esposo, jefe de familia, esa especie de Thor del hogar, tuviera que venir a resolver mis problemas. Creo que desde ese momento aprendí a tomar mi lugar en el Universo.